La sociedad Protectora de la Infancia fue fundada a mediados de 1894, con la misión de dar techo, alimento y abrigo a los niños huérfanos de la Guerra del Pacífico, inspirada en los lineamientos de la Encíclica Rerum Novarum y su llamado a realizar una acción social transformadora.
Sus fundadoras, doña Emiliana Subercaseaux de Concha y Josefina Gana de Johnson, ayudada por Madre María Luisa Villalón (superiora General de la Congregación “Hijas de San José”). Abrieron un asilo en la calle Matucana 47, Santiago, con capacidad para 30 niños, cedida por el presidente Jorge Montt.
Por espacio de 35 años, la obra de la Protectora de la infancia se desempeñó en Santiago, hasta en 1936 el Directorio determinó vender su antiguo edificio y adquirir el Fundo Las Nieves, en la comuna de Puente Alto, con la finalidad de construir un inmueble con mayor capacidad e integrar a los niños al mundo agrícola.
El principal edificio de la Protectora fue construido en 1939 por Guillermo Franke, el arquitecto Fernando Devilat Rocca y el ingeniero Eugenio Browne, el cual albergo a 400 niños y su correspondiente personal a su cuidado.
De esta forma en sus primeros años en la comuna, la Sociedad contaba con dos edificios: El establecimiento “Las Nieves”, que recibía a niños entre 5 y 10 años y niñas de 4 a 16 años (ellas posteriormente continuaban con su educación en el plan “Hogar Vocacional”, taller que les entregaba alguna profesión); y la escuela Granja “Emiliana Subercaseaux de Concha”, establecimiento destinado a los niños mayores de 10 años, en donde adquirían una profesión.
La atención general estaba a cargo de las Religiosas Hijas de San josé, hasta que el 28 de agosto de 1937 asumieron su administración Los Hermanos Alemanes de las Escuelas Cristianas (La Salle), dando sus primeras clases para cien alumnos. Los hermanos estaban a cargo de la Escuela Granja y de la administración del fundo, logrando grandes avances: en 1942 construyeron el pabellón Bolivia: en 1943 edificaron la capilla del Establecimiento; y en 1945 construyeron los talleres profesionales gracias a la ayuda entregada por la embajada de Estados Unidos.
El modelo educativo que impartía la Protectora de la Infancia comprendía siete años de formación, dividido en dos niveles: La escuela Primaria y La Escuela Profesional, esta última de tres años de extensión, pasando por cursos de agricultura, sastrería, zapatería, mecánica y carpintería y mueblería.
La metodología de evaluación era bimestral y constaba de trabajos, y pruebas orales y escritas. Cada semana se les distribuía una tarjeta, en donde se les indican sus calificaciones en trabajos, disciplina, obediencia y buen espíritu.
Entre las actividades educativas complementarias, se impartían; Conjunto coral – participando activamente en radios, fiestas patrias y religiosas en la comuna; la banda de guerra; exposiciones anuales de dibujo; educación física – contaba con dos equipos de fútbol y la revista anual de gimnasia-; curso de natación y excursiones al aire libre.
En la actualidad, la labor desarrollada por la Protectora de la Infancia no se limita a entregar solo pan, techo y abrigo. Las “experiencias que hoy movilizan a la Protectora incluyen desde el aprendizaje integral de los niños y el fortalecimiento de las competencias en los padres, hasta la elaboración del maltrato y abandono infantil. Cuentan con 57 programas, sociales y educacionales, en siete regiones del país donde se atiende a las más de 8.500 niños, niñas y jóvenes entre 0 a 18 años, sus familias y comunidades.